-Un cuadro que un viejo rico se ha comprado sólo y únicamente para presumir. Eso es lo que eres, Vía. Te guste o no.
Dicho esto dio un portazo y se marchó sin mirar atrás. La chica de los ojos color selva se derrumbó en un rincón mientras notaba que se le empañaba la vista. ¿Cómo podía haber dicho eso? ¡Un cuadro! Sabía que estaba enfadado , y que quizá se arrepentiría de lo que había dicho, pero tenía razón. Estaba hecha para ser mostrada, exhibida. Sonreír y saludar. En eso consistía su función en el mundo. Arreglarse y estar guapa todo el tiempo, sin hueco alguno para poner mala cara o quejarse. Porque podía estar mucho peor. O eso decían. Por mucho que ella se sintiera con ganas de hundirse en un acantilado no podía mostrarlo a los ojos de los demás. "Estás continuamente bañada en diamantes, ¿qué más quieres?". "Que me quieran. Que se preocupen por mí. Que pasen noches en vela hablando conmigo. Que salten muros para verme". Pensando que jamás la querrían como ella necesitaba, vino él y cambió todo su mundo. Rompió todos sus esquemas. Saltaba edificios si hacía falta, y hablaba días y días con ella, sin importar el trabajo acumulado o el cansancio. Estaban juntos, y era lo que único que importaba. Las miles de noches que había deseado que le devorara el alma, pidiendo clemencia (y a la vez deseando que le desgarrara el corazón). ¿Debería haberle seguido? No, necesitaba tiempo para pensar. Pero... ¿cuánto tiempo sería? Porque a lo mejor tardaba demasiado. Tanto como para que las malas hierbas volvieran a crecer, aún más fuertes que antes.
sábado, 27 de abril de 2013
miércoles, 24 de abril de 2013
Eres ese "quédate" que tanto me cuesta pronunciar. Cada batalla perdida (con su justo premio de consolación). Heridas que no paran de sangrar y no cicatrizan, por mucho que lo intentemos.
Eres cada verso que (te) he escrito. Cada guiño o sonrisa impropia. Noches en vela inundadas de café y mi máquina de escribir. Marcas de tinta en las mejillas (y en el corazón). Mi alma resquebrajándose por el puro placer de tu presencia.
Eres cada verso que (te) he escrito. Cada guiño o sonrisa impropia. Noches en vela inundadas de café y mi máquina de escribir. Marcas de tinta en las mejillas (y en el corazón). Mi alma resquebrajándose por el puro placer de tu presencia.
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